Bachillerato y Formación Profesional

1h a 5h

Sesión 3

¿Por qué lo llamamos amor romántico?

Ejes

– Igualdad de género / Prevención violencias machistas. 

 

¿Qué pretendemos?

La lectura de un cuento y un cómic con más de un siglo de diferencia nos permitirá identificar, desmontar y actuar frente a las violencias machistas y sus causas, cuestionarnos el sistema patriarcal que utiliza herramientas como los mitos del amor romántico para mantener la opresión a las mujeres y nos ayudará a poner el peso en relaciones sanas y equilibradas.

 

El ideal romántico de nuestra cultura ofrece un modelo de conducta amorosa que estipula lo que «de verdad» significa enamorarse y qué sentimientos han de sentirse, cómo, cuándo, y con quién sí y con quién no. Es este componente cultural, descriptivo y normativo, el causante de que se desarrollen creencias e imágenes idealizadas en torno al amor que, en numerosas ocasiones, dificulta el establecimiento de relaciones sanas y provoca la aceptación, normalización, justificación o tolerancia de comportamientos claramente abusivos y violentos.

¿Qué necesitamos?
¿Cómo lo hacemos?

Se propone la lectura de ambos materiales a toda el aula o se divide en dos grupos para que cada uno aborde una lectura diferente y la pongan después en común.

«El encaje roto» de Emilia Pardo Bazán, en «El Liberal», 19 septiembre 1897.

Convidada a la boda de Micaelita Aránguiz con Bernardo de Meneses, y no habiendo podido asistir, grande fue mi sorpresa cuando supe al día siguiente -la ceremonia debía verificarse a las diez de la noche en casa de la novia- que ésta, al pie mismo del altar, al preguntarle el obispo de San Juan de Acre si recibía a Bernardo por esposo, soltó un «no» claro y enérgico; y como reiterada con extrañeza la pregunta, se repitiese la negativa, el novio, después de arrostrar un cuarto de hora la situación más ridícula del mundo, tuvo que retirarse, deshaciéndose la reunión y el enlace a la vez.

No son inauditos casos tales, y solemos leerlos en los periódicos; pero ocurren entre gente de clase humilde, de muy modesto estado, en esferas donde las conveniencias sociales no embarazan la manifestación franca y espontánea del sentimiento y de la voluntad.

Lo peculiar de la escena provocada por Micaelita era el medio ambiente en que se desarrolló. Parecíame ver el cuadro, y no podía consolarme de no haberlo contemplado por mis propios ojos. Figurábame el salón atestado, la escogida concurrencia, las señoras vestidas de seda y terciopelo, con collares de pedrería; al brazo la mantilla blanca para tocársela en el momento de la ceremonia; los hombres, con resplandecientes placas o luciendo veneras de órdenes militares en el delantero del frac; la madre de la novia, ricamente prendida, atareada, solícita, de grupo en grupo, recibiendo felicitaciones; las hermanitas, conmovidas, muy monas, de rosa la mayor, de azul la menor, ostentando los brazaletes de turquesas, regalo del cuñado futuro; el obispo que ha de bendecir la boda, alternando grave y afablemente, sonriendo, dignándose soltar chanzas urbanas o discretos elogios, mientras allá, en el fondo, se adivina el misterio del oratorio revestido de flores, una inundación de rosas blancas, desde el suelo hasta la cupulilla, donde convergen radios de rosas y de lilas como la nieve, sobre rama verde, artísticamente dispuesta, y en el altar, la efigie de la Virgen protectora de la aristocrática mansión, semioculta por una cortina de azahar, el contenido de un departamento lleno de azahar que envió de Valencia el riquísimo propietario Aránguiz, tío y padrino de la novia, que no vino en persona por viejo y achacoso -detalles que corren de boca en boca, calculándose la magnífica herencia que corresponderá a Micaelita, una esperanza más de ventura para el matrimonio, el cual irá a Valencia a pasar su luna de miel-. En un grupo de hombres me representaba al novio algo nervioso, ligeramente pálido, mordiéndose el bigote sin querer, inclinando la cabeza para contestar a las delicadas bromas y a las frases halagüeñas que le dirigen…

Y, por último, veía aparecer en el marco de la puerta que da a las habitaciones interiores una especie de aparición, la novia, cuyas facciones apenas se divisan bajo la nubecilla del tul, y que pasa haciendo crujir la seda de su traje, mientras en su pelo brilla, como sembrado de rocío, la roca antigua del aderezo nupcial… Y ya la ceremonia se organiza, la pareja avanza conducida con los padrinos, la cándida figura se arrodilla al lado de la esbelta y airosa del novio… Apíñase en primer término la familia, buscando buen sitio para ver amigos y curiosos, y entre el silencio y la respetuosa atención de los circunstantes…. el obispo formula una interrogación, a la cual responde un «no» seco como un disparo, rotundo como una bala. Y -siempre con la imaginación- notaba el movimiento del novio, que se revuelve herido; el ímpetu de la madre, que se lanza para proteger y amparar a su hija; la insistencia del obispo, forma de su asombro; el estremecimiento del concurso; el ansia de la pregunta transmitida en un segundo: «¿Qué pasa? ¿Qué hay? ¿La novia se ha puesto mala? ¿Que dice «no»? Imposible… Pero ¿es seguro? ¡Qué episodio!…

Todo esto, dentro de la vida social, constituye un terrible drama. Y en el caso de Micaelita, al par qué drama, fue logogrifo. Nunca llegó a saberse de cierto la causa de la súbita negativa.

Micaelita se limitaba a decir que había cambiado de opinión y que era bien libre y dueña de volverse atrás, aunque fuese al pie del ara, mientras el «sí» no hubiese partido de sus labios. Los íntimos de la casa se devanaban los sesos, emitiendo suposiciones inverosímiles. Lo indudable era que todos vieron, hasta el momento fatal, a los novios satisfechos y amarteladísimos; y las amiguitas que entraron a admirar a la novia engalanada, minutos antes del escándalo, referían que estaba loca de contento y tan ilusionada y satisfecha, que no se cambiaría por nadie. Datos eran éstos para oscurecer más el extraño enigma que por largo tiempo dio pábulo a la murmuración, irritada con el misterio y dispuesta a explicarlo desfavorablemente.

A los tres años -cuando ya casi nadie iba acordándose del sucedido de las bodas de Micaelita-, me la encontré en un balneario de moda donde su madre tomaba las aguas. No hay cosa que facilite las relaciones como la vida de balneario, y la señorita de Aránguiz se hizo tan íntima mía, que una tarde paseando hacia la iglesia, me reveló su secreto, afirmando que me permite divulgarlo, en la seguridad de que explicación tan sencilla no será creída por nadie.

-Fue la cosa más tonta… De puro tonta no quise decirla; la gente siempre atribuye los sucesos a causas profundas y trascendentales, sin reparar en que a veces nuestro destino lo fijan las niñerías, las «pequeñeces» más pequeñas… Pero son pequeñeces que significan algo, y para ciertas personas significan demasiado. Verá usted lo que pasó: y no concibo que no se enterase nadie, porque el caso ocurrió allí mismo, delante de todos; solo que no se fijaron porque fue, realmente, un decir Jesús.

Ya sabe usted que mi boda con Bernardo de Meneses parecía reunir todas las condiciones y garantías de felicidad. Además, confieso que mi novio me gustaba mucho, más que ningún hombre de los que conocía y conozco; creo que estaba enamorada de él. Lo único que sentía era no poder estudiar su carácter; algunas personas le juzgaban violento; pero yo le veía siempre cortés, deferente, blando como un guante. Y recelaba que adoptase apariencias destinadas a engañarme y a encubrir una fiera y avinagrada condición. Maldecía yo mil veces la sujeción de la mujer soltera, para la cual es imposible seguir los pasos a su novio, ahondar en la realidad y obtener informes leales, sinceros hasta la crudeza -los únicos que me tranquilizarían-. Intenté someter a varias pruebas a Bernardo, y salió bien de ellas; su conducta fue tan correcta, que llegué a creer que podía fiarle sin temor alguno mi porvenir y mi dicha.

Llegó el día de la boda. A pesar de la natural emoción, al vestirme el traje blanco reparé una vez más en el soberbio volante de encaje que lo adornaba, y era el regalo de mi novio. Había pertenecido a su familia aquel viejo Alençón auténtico, de una tercia de ancho -una maravilla-, de un dibujo exquisito, perfectamente conservado, digno del escaparate de un museo. Bernardo me lo había regalado encareciendo su valor, lo cual llegó a impacientarme, pues por mucho que el encaje valiese, mi futuro debía suponer que era poco para mí.

En aquel momento solemne, al verlo realzado por el denso raso del vestido, me pareció que la delicadísima labor significaba una promesa de ventura y que su tejido, tan frágil y a la vez tan resistente, prendía en sutiles mallas dos corazones. Este sueño me fascinaba cuando eché a andar hacia el salón, en cuya puerta me esperaba mi novio. Al precipitarme para saludarle llena de alegría por última vez, antes de pertenecerle en alma y cuerpo, el encaje se enganchó en un hierro de la puerta, con tan mala suerte, que al quererme soltar oí el ruido peculiar del desgarrón y pude ver que un jirón del magnífico adorno colgaba sobre la falda. Solo que también vi otra cosa: la cara de Bernardo, contraída y desfigurada por el enojo más vivo; sus pupilas chispeantes, su boca entreabierta ya para proferir la reconvención y la injuria… No llegó a tanto porque se encontró rodeado de gente; pero en aquel instante fugaz se alzó un telón y detrás apareció desnuda un alma.

Debí de inmutarme; por fortuna, el tul de mi velo me cubría el rostro. En mi interior algo crujía y se despedazaba, y el júbilo con que atravesé el umbral del salón se cambió en horror profundo. Bernardo se me aparecía siempre con aquella expresión de ira, dureza y menosprecio que acababa de sorprender en su rostro; esta convicción se apoderó de mí, y con ella vino otra: la de que no podía, la de que no quería entregarme a tal hombre, ni entonces, ni jamás… Y, sin embargo, fui acercándome al altar, me arrodillé, escuché las exhortaciones del obispo… Pero cuando me preguntaron, la verdad me saltó a los labios, impetuosa, terrible… Aquel «no» brotaba sin proponérmelo; me lo decía a mí propia…. ¡para que lo oyesen todos!

– ¿Y por qué no declaró usted el verdadero motivo, cuando tantos comentarios se hicieron?

-Lo repito: por su misma sencillez… No se hubiesen convencido jamás. Lo natural y vulgar es lo que no se admite. Preferí dejar creer que había razones de esas que llaman serias…

Proponemos la realización de un debate para comparar ambos textos, escritos en momentos históricos muy diferentes, la idea no es confrontar posturas, sino exponer desde el respeto y la empatía lo que cada persona piensa, es seguro que la opinión hacia los textos dependerá de nuestras vivencias personales, quizás ahí pueda haber diferencias entre mujeres y hombres o puede que no. Estás preguntas nos servirán para motivar la reflexión, están basadas en una guía Didáctica «Encuentra el verdadero amor» del Ministerio de Igualdad[1]

  • ¿Qué diferencias ofrecen los dos textos, el cómic y el cuento?
  • ¿Qué elementos podríamos decir que son iguales o parecidos en ambos?
  • ¿Qué opinas de ese amor?
  • ¿Es un amor romántico? ¿Por qué?

Tras sus respuestas leemos esta explicación, hay mitos, como el del príncipe azul o el de la media naranja, que nos han ayudado a construir una idea de amor romántico que, si no aprendemos a desarrollar en clave de relación sana, puede ser el marco de afectos tóxicos que no son verdadero amor.

Mitos como, por ejemplo:

  • El poder del amor: se refiere a mitos tales como «mi pareja cambiará gracias a mi amor», «los polos opuestos se atraen», «el amor y el maltrato son compatibles», «el amor verdadero lo perdona/aguanta todo».
  • El amor verdadero predestinado: comprende mitos como «he de buscar mi media naranja», «existe un único amor verdadero», «el amor verdadero dura toda la vida», «en el amor verdadero la pasión es eterna».
  • La entrega total: se refiere a mitos como «el amor es lo fundamental de la existencia», «soy capaz de dar la felicidad al/la otro/a», «cuando te enamoras pierdes la individualidad y dejas de ser tú mismo/a», «en el amor se debe renunciar a la intimidad».
  • Amor como posesión y exclusividad: incluye mitos como «los celos y el control son una muestra de amor».

¿Esto se repite? ¿Sigue pasando? ¿Ha cambiado?

Proponemos un ejercicio de creación (literaria, podcast, collage, ilustración), preferiblemente realizado de forma individual, dónde se reflejen relaciones sanas, en las que el amor no sea obstáculo para una vida autónoma y plena. Podemos inspirarnos en ejemplos en la cultura popular, películas, canciones o libros que no repitan esos patrones.

Recordamos como la Agenda 2030 contempla entre sus Objetivos de Desarrollo Sostenible, la Igualdad de Género (ODS 5), siendo además una de sus metas eliminar todas las formas de violencias contra todas las mujeres y niñas.

Una vez terminada la sesión escuchamos la canción Toca Igualdad Karaoke.

¿Quieres saber más?

Podemos seguir formándonos e interesándonos por la nueva campaña de InteRed TOCA IGUALDAD[2], cuyo objetivo es aportar a la reflexión y a la formación, motivándonos a ser parte del cambio por un mundo libre de violencias machistas a través de una práctica coeducativa que atraviese nuestras comunidades educativas. Es fundamental que desde la educación contribuyamos a prevenir la violencia a través de una doble acción: la de, primero, desmontar, y, luego, transformar los imaginarios, simbólicos y normas sociales machistas y patriarcales que perpetúan las desigualdades de género a través de nuestras formas de pensar, hacer y sentir. Y, de este modo, aportar a una realidad donde todas las personas se puedan desarrollar más allá de su sexo, más allá de jerarquías e injustos mandatos de género y donde podamos, todos y todas, disfrutar de unas relaciones horizontales y de buen trato.

Otros recursos

Se puede realizar la sesión 2 «Espejismo de la igualdad» del Ciclo de Secundaria en esta misma propuesta Didáctica. Ahí se podrán encontrar también diversos recursos complementarios. Campaña de InteRed Toca Igualdad

[1] GUÍA DIDÁCTICA DE LOS CORTOMETRAJES «ENCUENTRA EL VERDADERO AMOR» PARA LA PREVENCIÓN DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO
[2]. «Toca Igualdad» es una propuesta de InteRed con la financiación de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) cuya finalidad es la prevención de las violencias machistas a través de la coeducación.